Desde la IGF (Independet Games Festival) llega la secuela de uno de los títulos Flash que más ha llamado la atención en los últimos años. Directamente a PlayStation Network y con una gran puesta al día nos llega la Revolución de los pollos a lo Steven Seagal pero con más cabeza. Rocketbirds: Harboiled Chicken es la viva muestra de una tendencia muy común en el panorama indie de los últimos años: envoltorio innovador, manera de contar un tanto inusual y un planteamiento jugable conocido y trillado. No hay gallinero que valga para Hardboiled Chicken, pues su misión es asaltar Albatropolis (mitad URSS, mitad Berlín de la época nazi) en busca de venganza.
Los pollos claman venganza
Los pollos se han revelado, y no contra la humanidad (que deberían) por maltratarlos, meterlos en asfixiantes cárceles y obligarles a que produzcan por encima de lo natural miles y miles de huevos, no. Los pollos se han revelado contra sí mismos y contra el régimen dictatorial de los pingüinos. Antaño amigos y compañeros de guerra, Putzki, el malvado líder sin miedo ni temor, aguardará la espera de Hardboiled Chicken, el único que consiguió ver la luz y separarse de la vorágine de crueldad y masacre que estaba llevando a cabo la inmoral dictadura.
¿Cómo detendrá Putzki al “gallito” de turno? Pues creando clones a mansalva de esa máquina de matar que se les ha puesto en contra, amén de poner como defensa a toda la infantería pingüina que esté a su disposición. Pájaros cabreados y una resistencia que ayudará a Hardboiled Chicken se unirán en una historia que tiene bastante de crítica social contra regímenes dictatoriales y estados que abusan de su poder constantemente (algo que mal que nos pese es tristemente común hoy en día en muchas partes del mundo).
Tras la introducción, nos adentramos en lo que han preparado para PlayStation Network la gente de Ratloop Asia, que ya se han hecho un hueco en el panorama indie tras ser nominados varias veces en el IGF 2009, 2010 y 2011 con Mightier, Roketbirds: Revolution y Helsing’s Fire, respectivamente. Acción, algo de plataformas, puzles anecdóticos y un envoltorio diferente y cuidadísimo con un estilo visual 2D impactante y unos vídeos musicales con bastante mano. Varias armas, granadas y hasta un dispositivo de control mental serán las armas para una experiencia que no innova en lo jugable, que se hace algo corta y a la que se le nota en demasía su herencia Flash. No obstante, su envoltorio ya es motivo suficiente para dejarse llevar por la que ha sido una sorpresa más que agradable.
Jugabilidad
Avanzar en 2D disparando en línea recta y sin ninguna oportunidad de esquivar o apuntar en diagonales puede no ser el mejor plan para un título de acción, por mucho que puedas rodar, golpear y utilizar pistolas, automáticas, escopetas o diferentes tipos de granada. A Rocketbirds se le nota su procedencia Flash, sin demasiadas luces para orientaciones de disparo, y le pesa el que a los enemigos sólo podamos derribarlos en la misma línea de proyectil en la que estemos. No es problemático y hará que seamos realmente raudos con el gatillo, pero cuando tengamos a un pingüino enemigo esperando en un saliente y cada vez que subamos, con una animación algo lenta, nos acribille, no os hará mucha gracia.
Por suerte a lo largo de los niveles hay ciertas paredes y huecos en la que podemos escondernos, dentro del mismo plano 2D, para que un enemigo pase por delante nuestro y salir a su acecho por la espalda para coserlo a balazos. La dinámica de combate es tan sencilla como lo que acabamos de expresar, más allá de poder utilizar varias armas. Eso sí, se agradecen los pequeños y sencillos puzles en los que buscar la tarjeta de X color para activar el dispositivo de X color.
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A lo largo de los escenarios, algo abiertos, deberemos buscar la manera de avanzar ya sea encontrando las tarjetas de seguridad determinada o empujar grandes cajas en las que poder subirnos y alcanzar esa zona impracticable. Son momentos que junto al estilo visual y los cortes de animación harán que el poco inspirado combate se nos haga muchísimo más ameno. Agacharse y desplazarse rodando hasta los enemigos será también otra de las claves para según qué enfrentamientos con más de cuatro o cinco soldados pingüinos normales o contra los duros y blindados (que también los hay).
Hay dos partes que destacan sobremanera en esta experiencia. La primera es cuando nos calzamos a la espalda una mochila nuclear que nos permite volar como si de un shoot’em up de naves se tratase. Es uno de los capítulos más divertidos e interesantes, ya que el control y los enemigos, que nos lanzarán misiles guía, cambia radicalmente. Por otra parte uno de los gadgets nos dará mucho juego cuando lleguemos a tierra: las granadas de control mental (o granadas insecto). Éstas podrán ser lanzadas a un enemigo para apoderarnos de él y poder controlarlo, pudiendo hacer que abra una compuerta de salida si por ejemplo nosotros hemos caído en una trampa celda. Mención especial a la genial manera de deshacernos de ese vínculo mental, ya que tendremos que seleccionar la habilidad de “meterse un tiro en la cabeza” para que el soldado se ejecute y podamos volver a controlar a Hardboiled Chicken.
Quince niveles os atraparán durante poco más de cinco horas y sólo al final tanto combate como puzles mejorarán y se complicarán. Si no, siempre tenéis la oportunidad de echar un cooperativo que permite revivir la campaña pero con algunos añadidos que requieren de colaboración y, como el propio nombre lo indica, cooperación entre jugadores para salir del paso de algunos problemas más complicados que en la campaña de un jugador. |