Espléndido y único en su especie, Rayman se convierte en el particular El Principito del mundo de los videojuegos, con un Michel Ancel haciendo las veces de Antoine de Saint-Exupéry (escritor del mítico cuento para “niños grandes”). Es una dosis de vitalidad fabulosa, una porción de alegría capaz de animar al niño alicaído, motivar al estudiante agotado o devolver a la infancia al adulto estresado. Ubisoft Montpelier y su horda de imaginativos y creativos desarrolladores han cincelado una obra que cumple un inusual y dificilísimo cometido: alegrarle el día, con sonrisas y carcajadas sinceras, a cualquiera.
Innovación y creatividad sólo son sustantivos que le vienen pequeños…
Ante un título que es capaz de modificar y elevar las sensibilidades de diferentes tipos de jugadores se antoja demasiado simple diseccionarlo asépticamente. Rayman Origins es un título que se presta a la locura, a la innovación, a la creatividad y a despertar toda la imaginación que cada uno tenga en su interior. Por lo tanto más que adjetivos o sustantivos (que los tiene y a raudales), este título de plataformas se presta a analogías, a metáforas o imágenes que representen en el lector lo que llega a transmitir.
Así pues imaginad una cena de gala en un gran salón, crear en vuestra mente el clásico escenario visto en decenas de películas de época, en el que el protocolo, las formas y el conservadurismo impregnan las miradas y las formas de aquellos reacios a algo nuevo. Anquilosados en sus tradiciones miran con desdén o incredulidad al diferente, al pizpireto, al que simplemente es feliz siendo natural. Asignar a cada inmóvil asistente alguna de las secuelas o superproducciones de éxito que, año tras año, se mantienen firmes a unas formas concretas. Imaginadlos con sus trajes parecidos (de gala, pero con un toque marine), sus movimientos casi idénticos... Bien, ahora imaginad que un pequeño desmelenado, vestido sin aparente sentido se dedica a poner gorros de helicóptero en la cabeza de la gente, boicotea el ponche y compone para la orquesta una divertidísima canción con los instrumentos más peculiares y extraños. Ese desmelenado es Rayman, alter ego del incombustible Michel Ancel, que se niega a aceptar lo de siempre, que quiere revivir, sin gamberrismo pero con colores e imaginación, a las grisáceas mentes de esa peculiar gala.
Rayman Origins evoca el sentimiento más ancestral del concepto de videojuego, o al menos el más característico de alguno de los éxitos, hoy obras de culto, del género de dos dimensiones de Super Nintendo o Mega Drive. ¿Recordáis lo que os conseguía evocar en el plano jugable un Donkey Kong Country? ¿Sois capaces de rememorar lo realizados que os sentíais al pasaros un Mega Man? ¿Llegasteis alguna vez a intentar, en medio de clase, de representar a través de garabatos alguno de los espléndidos diseños de Dynamite Headdy? Sean casos con los que os sentáis identificados o no, Rayman Origins rescata todos esos recuerdos y los utiliza de materia prima para crear algo que verdaderamente se siente nuevo.
El humor es hoy en la industria prácticamente un vegetal conectado a una máquina de respiración asistida. Ubisoft Montpelier no sólo es capaz de darle una de las míticas “Alubias Mágicas” de Dragon Ball, sino que encima lo convierte en un sutil y desinteresado maestro de la carcajada que nos sorprende una y otra vez. Sumándole una última analogía, hay un capítulo de los Simpsons en el que el Director Skinner consigue que todos los alumnos de la escuela de Springfield vistan unos tristes y monótonos uniformes grises. De repente los niños pierden su alma, sus ganas de jugar, realizan todos los mismos idénticos movimientos y se pierde la pasión. De repente empieza a llover y los uniformes empiezan a desteñir, liberando debajo del gris un sinfín de multicolor que devuelve a los críos a su estado más vital. Pues bien, no os imagináis lo poderosa e intensa que es esa lluvia cuando se llama Rayman Origins.
Jugabilidad: Revolucionando el género
Primario en gran parte de sus apartados, Rayman Origins no necesita de una historia elaborada como escusa para avanzar nivel tras nivel. De hecho, las pequeñas reseñas de guión están al nivel de un conjunto incorregible. En el Claro de los Sueños, Rayman y sus amigos duermen, duermen todo el día plácidamente y hasta creando música con sus ronquidos. Pero son tan poderosos sus ronquidos, tan incisivos y constantes que despiertan al Soñador de Burbujas, y este con sus pesadillas transforma todo el mundo del Claro de los Sueños. Así de surrealista es la historia y ya os confirmamos que no se necesita más.
Sesenta niveles y más de diez mundos sólo son números, burdos e impersonales números. El que sea un plataformas 2D con un control ágil y diferentes movimientos como planear, bucear, atacar a puñetazo limpio o correr por las paredes sólo son meros datos sobre el papel. El mundo está plagado de Lums (unos divertidísimos monigotes amarillos) o Electoons (otros monigotes rosas necesarios para abrir puentes entre mundos) y nosotros debemos recogerlos para ir desbloqueando más niveles, más secretos y más skins de personajes. Ah, y también visitaremos los clásicos parajes de decenas de plataformas como desiertos, zonas de piratas con construcciones de madera, cuevas, zonas acuáticas o volcánicas, etcétera.
Sí, Rayman es la descripción anterior, en efecto. Pero nada de lo ahí citado sirve para haceros una idea de lo que realmente significa jugar a esta obra. No se trata de lo que contiene, que es mucho, de gran dificultad y de más de diez horas, si no de cómo se presenta. El género ha tenido grandes logros en los últimos años en diferentes medios y consolas: Trine, Braid, Limbo o Kirby son algunos pocos ejemplos, pero siempre se mira hacia Mario y Nintendo para señalar a sus galaxias y su particular revolución espacial. Pues ahora le llega el turno a Michel Ancel y Ubisoft Montpelier con un frenesí de calidad al que se le nota un mimo atípico y una independencia creativa de la que dudamos que otros estudios puedan gozar. |